sábado, 6 de diciembre de 2008

Sueños de libertad

A mí se me eriza la piel y se me enlagunan los ojos cada vez que veo las imágenes de todos aquellos que están, en Colombia, privados de la libertad. Me duele saberlos lejos de sus familias, sufriendo humillaciones y viviendo en condiciones infrahumanas. Me duele ver sus pruebas de supervivencia, pidiendo alguna salida, algún remedio, alguna solución para acabar, de una vez por todas, con la guerra. Me duelen todos esos ex secuestrados, que por fin son libres nuevamente. Me duelen las secuelas físicas, emocionales y psicológicas que les quedaron. Pero de la guerra inclemente, del flagelo del secuestro, de lo absurdo y de lo malo, lo que más me parte el alma es la indiferencia de los que estamos del otro lado.

Es por esto, que me hace feliz ver que por la acción de un hombre, que hace casi un año propuso marchar por ellos, por los que esperamos y que no están acá, muchos colombianos hemos tomado conciencia y nos hemos sensibilizado ante el dolor de los demás.

Con frecuencia, he oído que este, el 2008, es el año de la libertad. Así lo han demostrado los ex secuestrados que han podido abrazar nuevamente a sus seres queridos. Lo han enfatizado, aún más, las inmensas movilizaciones que se han realizado a nivel nacional e internacional. Mares de personas que se fueron despertando y uniendo para clamar por el pronto regreso de todos. Colombianos que se cansaron del silencio y decidieron que ya habíamos tenido suficiente.

Recuerdo que, en cada marcha, llueven los papeles con mensajes que imploran la necesidad de no olvidar al que no está. Los colombianos, que se sacudieron la indiferencia y los miedos, decidieron, por iniciativa propia o por fiebre colectiva, imprimir millones de hojas; hacer prendedores; llevar banderas, para regalárselas y llegarles al alma a los otros colombianos, que, como ellos, decidieron cubrir las calles de blanco. El 4 de febrero, recibí de manos de un compatriota anónimo una hoja blanca con una frase que me impactó: En mi familia hay 3.200 secuestrados. Desde ese día, siento a cada secuestrado como mío.

Yo apoyo que se sigan dando marchas. Creo que nunca es suficiente lo que podamos hacer para lograr el bienestar de otros. Sé que algunos piensan que una marcha más no hace la diferencia, sin embargo, yo quisiera creer que sí. Además, muchos de los hombres y mujeres liberados sostienen que las marchas, cuando estaban en la selva, les daban aliento. Que ellos, a través de la radio, escuchaban a los millones de colombianos los recordaban y deseaban que volvieran pronto a sus hogares. Millones de personas desconocidas que gritaban sus nombres y les mandaban su fuerza para que no desfallecieran.

Aplaudo, de igual forma, la hermosa idea de adoptar un secuestrado. Esta iniciativa que se formó en la Universidad de la Sabana, permite que sean muchas las personas que están rezando por un pronto regreso de los que están en la selva. ¿Cómo serían las cosas si cada uno de nosotros adoptara a un secuestrado? ¿Qué pasaría si todas nuestras fuerzas, nuestras energías y oraciones se enfocaran en una persona que está privada de la libertad?

Todas estas ideas, que surgieron como acciones individuales, han sido capaces de generar una conciencia colectiva de rechazo contra la indiferencia. Yo, por eso, le digo sí a todo lo que tenga como objetivo no olvidar. Por Wilson Rojas Medina, por Libio Martínez, por Álvaro Moreno, por Sigifredo López, por Luis Mendienta, por Elkin Hernández, por Alan Jara; por todos los uniformados y por todos los políticos, pero, sobre todo, por todos los secuestrados del común, que no figuran en los medios. Yo, seguiré marchando para exigir la libertad de cada uno de ellos, pero, sobre todo, esperaré el regreso de MI secuestrado, Pablo Emilio Moncayo.

Y tú, ¿qué estás haciendo por la libertad?

Shadya Karawi Name
shadyakarawiname@yahoo.com

No hay comentarios: