Es fácil y necesario olvidar que todos alrededor nuestro tienen las mismas necesidades, miedos y rabias que nosotros. Me acuerdo claramente cuando, en los primeros años de primaria, el colegio en el que yo estudiaba convirtió en costumbre hacer evaluaciones de seguimiento a los profesores. Una de las preguntas que hasta muy poco tiempo me pareció absurda pedía que calificáramos la actitud del profesor y su trato con los estudiantes dependiendo de su estado de ánimo. Siempre me pareció que era una de esas rutinas que se institucionalizan (por supuesto que en primaria esas no eran las palabras) pero que en el fondo era una necesidad retórica del colegio por mostrar algún profesionalismo.
Sin embargo las cosas empiezan a cambiar, y los matices de la vida emocional se van derramando por fuera de los envases que diferencian a un profesional de otro. Ese juego que siempre parece inconcluso o apenas comenzando es probablemente lo que, descrito de forma muy diferente, nos lleva a estudiar carreras sociales, en mi caso particular, Ciencia Política.
Estos últimos días hemos visto cómo aquellas emociones que deberían estar separadas de la racionalidad, que anhelamos nos conduzcan todos los días, parecen ser lo que mejor describe los cambios de nuestra vida como especie. Entonces es válido preguntarse si lo más privado que tenemos, también existe colectivamente, disfrazado de ley, de principio jurídico o de precepto económico.
La venganza, por ejemplo, que puede tener tantas dimensiones como queramos darle, pareciera vedada de las discusiones de nuestros honorables representantes, o de los aparentemente fríos artículos en las leyes colombianas. Pero lo más probable es que el código de procedimiento penal, así cómo la estructura que existe para aplicarlo no sea más que un esfuerzo humano por codificar la venganza, hasta donde se puede aplicar, en quien y cómo. Claramente el paso por la cárcel de un individuo es una forma de darle un puño o una puñalada a alguien que nos hizo daño, vengándonos de forma ordenada, bajo el mismo principio de diente por diente y ojo por ojo.
En este sentido, el viernes 28 de noviembre, día en que los medios de comunicación nos exhortaron a marchar para que liberen a los secuestrados, se hizo un esfuerzo por redimir nuestras culpas como colombianos por tener que sufrir el yugo de la libertad. En cierto sentido, el sufrimiento de algunas personas y la indiferencia a la que se hace permanente referencia nos obliga a que liberemos nuestra culpa y podamos seguir tranquilamente con nuestras vidas. La tensión que genera la información que nos es suministrada tiene que liberarse, tenemos que confesarnos ante una autoridad superior, y ¿Qué hay superior a la imagen de Colombia entera, marchando por la libertad de los secuestrados?
Esperamos entonces que nos digan, seguid hijo con dos aves marías y un padre nuestro, pero no lo vuelvas a hacer. Por lo menos hasta que organicemos otra marcha que nos recuerde lo indiferentes que podemos ser.
Nuestra vida como colombianos estará siempre marcada por estos hechos. Lo más aterrador es no saber si nuestro comportamiento de manada no se diferencia sino marginalmente de cualquier otra especie, o que estemos comenzando a entender que somos una manada entre la especie de los humanos.
Federico Ramírez (Invitado del mes)
Politólogo de la Universidad de los Andes, candidato a maestría en ciencia política de la universidad de los andes; vinculado al área de investigación denominada estudios estratégicos.
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