sábado, 6 de diciembre de 2008

El valor de confiar

Recuerdo cuando niño que los adultos me decían: "En la calle, no le acepte nada a nadie, ni un dulce", es natural esa desconfianza que tiene fundamento en algunos hechos que ocurren a diario en todo el mundo; pero empecé a cambiar el paradigma, cada día conozco gente buena y confiable, voy a permitirme resaltar que es la mayoría.

Me subí al bus que me llevaría a Medellín, me senté al lado de doña Gloria, una señora que viajaba, con Martha, su hija, y Daniela, su nieta de dos años, eran las 9:40 de la mañana, habían salido desde las 6:30 desde Cartagena. Empezamos a hablar, les pregunte acerca del viaje y de sus vacaciones en la Heroica. En un momento Martha me alcanzó un paquete y me ofreció un Chocmelo (masmelo recubierto de chocolate, que por cierto me encanta) recuerdo aquella frase de los adultos... "no le reciba nada a nadie" pero también pensé en el cambio de paradigma... acabamos con la caja de Chocmelos y compartimos sobre nuestras vidas. Son de Manizales, viajaron por la temporada a Cartagena y Daniela conoció el mar, saben lo que me apasiona el mar, así que tuvimos una cálida conversación.
Les entregué un ladrillo (a escala, de los que se usan para construir maquetas), les dije que es importante que cada uno de los colombianos aportemos, no un grano de arena sino que pongamos el ladrillo completo... y recordemos que los ladrillos se pegan, no con cemento sino con materia gris... con cerebro, con las buenas ideas de los colombianos, y construyendo confianza, les di las gracias por los chocmelos y en Medellín, nos despedimos.

Eran las 10:00 de la noche cuando inicié el viaje Medellín - Bogotá, me senté al lado de Carlos, el viajaba con su mamá, era la primera vez que visitaban Bogotá. Así que la conversación fue sobre sitios de interés, clima, medios de transporte. En la mañana siguiente, eran como las 06:40 estábamos cerca a Guaduas, Carlos sirvió un vaso de gaseosa y me alcanzó un paquete de papas, los que me conocen saben que esos alimentos no son de mi gusto y adicionalmente recordé la frase: "no le reciba nada a nadie" pero luego de la amena conversación de la noche anterior, no podía despreciar ese gesto de hospitalidad.
Al llegar a Bogotá, les regalé un ladrillo (hablé de la construcción de país y la materia gris) y les dije que con gestos como la conversación y regalar una gaseosa y unas papas se construía confianza.

Recuerdo que pocos días antes de salir de viaje, iba en un ejecutivo por la calle 140 en Bogotá, vi una muchacha con la que sentí empatía (aclaro: empatía no gusto), me senté al lado y le pregunté: Dime una razón para creer en Colombia, respondió un poco desubicada por la pregunta: no se, la verdad no sé que decir.

Le entregué una tarjeta de la Fundación con 10 razones para creer en Colombia y le entregué un ladrillo.
Me preguntó si trabajaba en algo relacionado con arte colombiano, le dije si, en la Fundación Yo Creo en Colombia queremos empoderar a la gente sobre el arte y la cultura, le di el correo de la persona que maneja ese tema. Me respondió que precisamente eso era lo que estaba buscando y me dio las gracias por el dato.

Estos relatos pueden pasar como conversaciones comunes y corrientes como tantas de las que tenemos a diario con gente común, pero después de comer chocmelos, papas y gaseosa y de entablar conversaciones con aquellos que llamamos extraños y saber que en todos esos casos regresé a mi casa sin problemas. Tengo un pensamiento; este tipo de conversaciones pueden cambiar vidas, a ellos, tal vez les sirvió para hacer agradable su viaje, conocer más del mar, enterarse de como será su visita a la ciudad que no conocen o tal vez, la posibilidad de desarrollar su carrera o trabajo en el tema de arte colombiano; a mí, me cambió la vida esas conversaciones, me confirmó que puedo confiar en "extraños".

Miguel Ángel Ruiz

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