
La teoría de Jaime Garzón era que la falta de compromiso de los colombianos con el bien común era una consecuencia de la incapacidad de reconocer el país como un bien colectivo. Por eso no importaba botar la basura a la calle o dejarla ocupar cargos de elección popular, y de ahí la decisión generalizada de manotear y putear sin mover un dedo, porque como eso es responsabilidad de otro lo único que podemos hacer es alegar.
Por eso tenemos una obsesión con que un día llegará el Mesías que va a recoger la basura, pavimentar la calle y acabar con las FARC y que ese día ya no nos tendremos que preocupar por nada más.
No es para desconocer que el estado tiene unas responsabilidades. El estado si debería recoger la basura, pavimentar la calle y acabar con los grupos armados, pero en Colombia el estado está aun por construir y eso no se logra a punta de vociferar insultos sino a punta de desarrollar y recoger construcciones colectivas. Y esas construcciones colectivas surgen de la toma de conciencia de un rapero, de un pintor, de un notario, de un indigente, que lo que ellos hacen con su vida diaria tiene efectos sobre su comunidad y otras personas iguales a él y que igualmente su inacción también tiene consecuencias sobre todos, incluyéndolo a él mismos.
Muchos creen que volverse político es salir en afiches con cara de ponqué levantando el dedo gordo de la mano y negociando votos, pero ser político no es más que el hecho de reconocer que uno tiene un papel que jugar en el bien de la sociedad y empezar a hacerlo con los dientes y las uñas. De hecho el punto no es si somos políticos o no porque como lo dijo Aristóteles “el hombre es un animal político”, el punto de cómo nos comportamos y eso no depende de la cantidad de votos que tengamos sino del impacto que logremos tener sobre nuestros alrededores.
Garzón supo cumplir su función política sin jamás participar en una elección y más importante que eso, sin jamás dejar de hacer lo que amaba. Y eso es crítico; no nos tenemos que volver la Mahatma Gandhi para contribuir. Basta con hacer el ejercicio de dar un paso atrás y mirar, en el marco de lo que hacemos o de lo que nos gusta, cómo se puede contribuir al bien de nuestra comunidad.
Y la verdad es que Colombia algo ha cambiado desde que Garzón echaba su cuento. Hoy ya no solo la gente se toma más en serio la responsabilidad de contribuir sino la obligación de mostrarlo y eso es un reflejo de las expectativas de nuestra sociedad. Los ejemplos de Juanes, Shakira, Juan Pablo Montoya o Camilo Villegas demuestran que hoy por hoy ser un artista o deportista reconocido y no tener una fundación de algún tipo es muy mal visto. Inclusive hasta las empresas han empezado a repetir el discurso de la responsabilidad social empresarial y aunque la autenticidad de estas iniciativas varía, la verdad es que seguramente estamos mejor con esfuerzos superficiales que sin ningún esfuerzo.
Todo esto para decir que nuestras vidas están íntimamente ligadas con el funcionamiento de la sociedad donde crecemos. Tenemos la discreción de ignorar nuestro papel en ella pero no la capacidad de esquivar sus goteras y sus pestes. Pero también tenemos la oportunidad de construir desde nosotros mismos, con aportes grandes o pequeños, una sociedad solidaria y prospera; y darnos cuenta que trabajar por nuestro país no es solamente satisfactorio y constructivo, sino muy muy bacano.