Resulta casi gracioso que a estas alturas del siglo XXI sigamos planteándonos este tema. A estas alturas del paseo, la mayor parte de los campos en que derivó la filosofía nacida en Atenas hace más de 2000 años, se encuentran bastante bien demarcados en sus territorios de trabajo, sus grandes sistemas conceptuales y sus implicaciones sociales. La estética, sin embargo, sigue vagabundeando sin encontrar asilo en ninguna parte. Cada día se producen estudios, investigaciones, ensayos y libros que buscan abordar el problema de la belleza y todos parecen patinar hacia el infinito.
Es igualmente gracioso que el arte persista en no dejarse matar; que los museos continúen atiborrados de visitantes, las escuelas de arte se llenen de estudiantes, se realicen más exposiciones individuales y colectivas que nunca, se establezca una especie de nueva religión en búsqueda de nuevas formas, sonidos y colores, y, al mismo tiempo, tengamos que recurrir a Kant para explicarnos donde está el problema.
Creo que el gran filósofo alemán puso el dedo en la llaga al mostrar la pretensión del arte de llevar a nivel de universal el mundo de la subjetividad.
Hoy que todo está cuestionado y todos los dioses aparecen y desaparecen en fracción de segundos, cuando ya casi nadie acepta verdades eternas y ni siquiera valores universales, vemos proliferar las expresiones artísticas con el desespero que genera la ley del mercado y siempre preguntándose sobre su validez intrínseca o su trascendencia.
Lo dramático es que es el mismo arte el que se fagocita a sí mismo y cierra su propio camino en una espiral creciente hacia su fragmentación total.
Tal vez por esto, se recurre cada vez más a la historia del arte, los museos se llenan y todos nos preguntamos, por qué existen esos objetos que nos hipnotizan, nos excitan tanto, nos mueven por dentro las entrañas, sin que les hayamos hecho nada?
Qué hace que en Florencia hagamos una fila de varias horas para poder ver el David de Miguel Angel? Qué diferencia a esta escultura de otras miles que todavía se tropiezan en las calles de toda Italia? Nadie la va a comprar, nadie ha pensado en llevársela a su casa, y todos sabemos que la podremos degustar por pocos minutos.
Cuando este tema complicado se relaciona con la política se vuelve aún más confuso. Es cierto que toda obra de arte supone una actitud política del artista? Es cierto que esa actitud inicial del artista es condición necesaria para que la obra sea importante?
Preguntas así y muchas otras han estado explícitas y latentes en el análisis de todos los tiempos en Occidente. Buscamos darle al arte, tal vez, una trascendencia histórica y social, una especie de “eternidad” en una sociedad huérfana de valores eternos?
Creo que antes que dar respuestas en este asunto, lo mejor sea plantear, de la mejor manera posible, las preguntas, y dejarlas abiertas para un debate enriquecedor y fecundo.
Algunas de estas preguntas, además de las enunciadas en el párrafo anterior, podrían ser:
¿La labor del artista debe corresponder a una actitud política ante la vida, de manera tal que nos permita dilucidar qué es arte y qué no lo es? O, todo es arte?
¿El arte comprometido tiene mayor o menor validez y “futuro” del que se considera aséptico?
¿El artista está completamente libre de toda atadura social o política en su creación?
¿La mucha política le hace bien o le hace mal a la creación estética?
¿Las vanguardias y los momentos de ruptura en el arte se han originado por cambios sociales, políticos o ideológicos?
Quedan abiertas las preguntas para nuestros lectores.
Feliz día, Obama ganó la presidencia de los Estados Unidos. Estoy feliz, el mundo puede mejorar y los artistas tendrán más posibilidades de crear mundos maravillosos.
Con afecto,
Anarkos.(invitado del mes)
Investigador de arte
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