
En 1946 en medio de una manifestación en Santiago, cayó abaleada por la policía una joven comunista estudiante de contabilidad, se llamaba Ramona Parra.
En los años sesentas, en pleno auge de la izquierda Chilena, pequeños grupos de estudiantes y trabajadores empezaron a cambiar los avisos políticos que escribían a brochazos en los muros de las ciudades, por murales de colores simples pero firmes, iguales a ellos. Esos jóvenes escogieron llamarse Brigadas Ramona Parra y empezaron a pintar a Chile de arriba abajo con palomas, manos, estrellas y espigas. No eran artistas, eran simples jóvenes que junto con trabajadores decidieron pintar el país de sus sueños en las paredes de las ciudades y se convirtieron así en el símbolo de ese proceso que fue aplastado el 11 de Septiembre de 1973.
Esos murales que pintaron las brigadas Ramona Parra tenían una doble función. Por un lado, eran la televisión de los que no tenían televisión, eran el periódico de los que no tenían tiempo para leer el periódico y eran los libros de los que no podían comprarlos, ni tenían tiempo para leerlos. Eran la comunicación de los incomunicados, de los que están demasiado ocupados buscando el pan de cada día para darse cuenta quién se los quita de la boca. Por el otro lado eran un espacio de construcción y de unión de jóvenes que pintaban de noche la sociedad que construían poco a poco durante el día. Eran un espacio donde se tejían los vínculos que le daban el poder a la izquierda, eran los espacios donde se construía una nueva sociedad.
En Colombia la izquierda, angustiada y acosada por el gobierno, ha ignorado experiencias como la Chilena, que podrían bien abrirle las puertas de las enormes masas populares que hasta hoy siguen secuestradas por la ignorancia y el clientelismo. Estos murales, hechos por jóvenes trabajadores para jóvenes trabajadores son la manera perfecta de vincular a la política a las masas excluidas de su propio destino. Primero, en el proceso de desmonopolizar el arte y darle el poder de crear y mostrar a personas que nunca han tenido esa posibilidad. Y segundo creando un espacio de integración para personas que nunca han tenido la capacidad de hacerlo y cuya división es la mejor garantía de que Colombia nunca cambie.
Esa iniciativa no va a surgir del Comité Ejecutivo de ningún partido político ni de la dirigencia de ningún sindicato, si ha de empezar, empezará de la mano de jóvenes como usted y yo que decidan trasnocharse creando y mostrando el país que llevamos por dentro. En ese proceso tenemos la oportunidad de unirnos, de decorar nuestras ciudades y de obligar por lo menos a ver nuestros sueños a transmutes que de otra manera estarían mirando el piso. Si nuestros sueños son compartidos por otros colombianos, los murales crecerán como una bola de nieve que aplaste la apatía y la ignorancia, si no serán meras pinturas publicitarias que adornarán un muro que de otra forma estaría pelado y lleno de moho. Pero para saber hay que arriesgarse; la ciudad es nuestro lienzo y nuestras manos las brochas y eso, que quede bien claro, no aplica solo para pintar los muros.